A la vida a veces le gusta abrirte el refrigerador cuando no te das cuenta.
Cuando andas muy ocupado peleándote con alguien. Tratando de poner sonrisas buenas a gente que ya sabes que habló mal de ti.
A veces tragándote un te lo dije.
O dándole vueltas a un problema ajeno que tú resolverías muy fácil, pero sabes que cuando lo tengas se te va a borrar.
También le gusta acercarse cuando una persona a la cal te has cuidado totalmente de no molestar y andar de puntitas te está mirando con ganas.
Le gusta abrirlo con sigilo y después meter un frasco dentro.
Cuando te tomas un descaso de toda la basura. De los reclamos, los abusos, los gritos y las carcajadas enlamadas de lágrimas. Cuando se te antoja ir a media noche a comprar nada nutritivo pero que es fácil de preparar, algo como un sandwich, Vas y compras el pan. Compras el jamón. Pero tú viste el frasco de mayonesa en el refri. Sabes que estaba ahi cuando te fijaste. Por que sobresalía de entre el enorme vacío de tu sueldo.
Llegas, pones el pan en la mesa y de todos modos algo se te hace que no está bien. La vida te la hizo. Ese frasco de mayonesa que metió, está vacío. No sé qué clase de satánica idea hace que alguien decida castigar al próximo que deseará un sandwich. Engañarlo de tal manera por ahorrarse treinta míseros pesos y dejarlo en un abismo de separación de un descanso de toda la mala vibra de este mundo. Todo por que ahora tu sandwich ya no va a saber a nada.
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