miércoles, 29 de enero de 2014

Los Celos

Jamás he sido tan celosa. En serio. Digo lo normal de cuando tienes novio y no dejas que te hagan tonta, el chico o las tiburonas. Nunca lo fui en mi adolescencia a pesar de lo que dicen de las hormonas y todo eso. Pero es que...si vieras a mi novio, lo entenderías
No digo que sea el más guapo ni el más atractivo, pero es un preciosote con toda la palabra. Desde el día que lo conocí supe que no iba a pasarme desapercibido por la vida. Era el nuevo de planeación civil y yo la nueva subencargada de escuelas. Era nuestra primera junta, pero él se veía como si tuviera años en el puesto. Hablando de cómo Santa Cecilia era una tierra con oportunidades y de cómo aprovecharlas. Su positividad me condujo a aceptarlo como un subalterno adecuado. Y desde ahí todo fue hacia adelante.
Me fue enredando más que nada por su manera de hablar. Tenía costumbres que si te fijas en ellas, son encantadoras. Siempre modulaba la voz y el tono como para agarrarte de las sienes y enfocar tu cabeza a lo que decía. Además movía mucho las manos, como si agarrara la realidad e hiciera figuras con ella para crear imágenes de lo que decía. Siempre que me explicaba algo, notaba aquello que era la más encantadora de sus cualidades.

El tiempo dictó sentencia para que ocurriera lo más natural, volvernos novios. Y del tipo que casi no se ve ya, felices. A pesar de los problemas monetarios de cada quien que ya habían comenzado a afectar en el tiempo que podíamos vernos. Yo tenía que trabajar más, y él había empezado a desarrollar proyectos alternos que nada tenían que ver con su carrera. De todos modos nunca perdía la sonrisa positiva que hacía que me calmara luego luego.
Pero un día tuvo que conseguir un trabajo de comisión que sería más o menos consistente. Daría clases privadas de inglés. Había aceptado este hecho como un aditamento más para él, como todo. "Mi novio es maestro de inglés en su tiempo libre", sonaba como algo para pararse el cuello.

Manejamos la idea un par de semanas mientras le llegaban noticias sobre su primer encargo por comisión. Pero cuando me enteré, llegó el problema. Resulta que su primer alumno era alumna. Cuando me lo dijo, lo hizo con una voz gustosa, como si yo supiera de qué se trataba, como si me tuviera que dar el mismo gusto. No sabía ni por qué, así que me di a la tarea de investigar quién era. 
De veras, te digo, no soy celosa, pero por alguna razón me había empezado a obsesionar con quién sería la usurpadora de dos horas al día de mi amorcito.

Comencé a preguntar a sus conocidos si sabían cómo era o qué era lo que le emocionaba tanto. Ellos me contestaban básicamente lo mismo. que era una chica muy lista, que hacía reír mucho, que su actitud era adorable. Pero lo que más me disgustó fue que le llamaran bonita. Eso ya era pasarse, que yo me sentara a esperar mientras el se encerraba no sé donde a enseñarle sus encantos a alguna chava que quien sabe que intenciones pudiera tener. No me imaginaba a alguien viendo sus ademanes todo el rato. Una mujer que peligrosamente podría enamorarse de como explicaba las cosas. Enlelarse con su entusiasmo. Alguien enamorándose con cada palabra salida de su boca como me paso a mí.

Tengo razón, verdad?
Comencé a sentirme igual todos los días. En un momento nomás me acordaba y me empezaba a marear. Sentía que me presionaban la garganta y adentro de mi panza se subían arañas por las paredes. Además, la mirada se me iba a no sé dónde mientras solo pensaba en bajarme esas sensaciones. Lo más feo era que cuando mi novio estaba cerca al yo entrar en ese estado, le contestaba muy mal, como si hubiera hecho algo o yo lo estuviera culpando. Y así comenzábamos una discusión sin sentido en la que el se quedaba muy asustado. Constantemente lo comencé a ver dudoso de mi actitud, y antes de hablarme, me daba una sondeada para ver si estaba de buen humor. Se sentía culpable sin saber de qué.

Luego, comenzó a darle clases a la susodicha. Mi enojo e incomodidad incrementaron. Llegaba al terminar sus clases muy feliz, como si le gustara mucho verla. 
No era problema mío, yo digo. Si era un trabajo no tenía el por qué disfrutarlo! debería regresar a casa pesado y cansado de su segundo trabajo, como lo son todos los trabajos, y esperar a que yo, su novia, fuera lo único que lo pudiera reconfortar de esta vida tan difícil de pareja joven y clase media. Y así yo no tendría que soportar las tarántulas en mi interior que se apoderaban cada vez más de mi humor diario. 

Dejé de pensar en otra cosa todo el día. Incluso en el trabajo, ya llevaba cuatro llamadas de atención por no estar atenta y no entregar informes a tiempo y esas cosas. Mis amigos ya no querían verme porque se me subía la carota de malas. Esto se había vuelto un problema real. Cada parte de mi vida estaba siendo alcanzada por los celos y jalada al fondo de una podredumbre inminente. Me puse a pensar de una manera imparcial y madura. Solo había una solución aparente, que me pondría feliz y no habría consecuencia maligna. La susodicha alumna debería desaparecer.

Espere la oportunidad perfecta. Él tendría una reunión después de su clase. Me dejaría la casa sola para saldar mis maquiavelizaciones. Ese día seria en el que la traería y me haría cargo. Compre un martillo de esos de mango largo, unas mantas para el suelo y otras cosillas.
Me puse un gorro negro y unos lentes oscuros y me estacioné frente al café donde supuestamente se veían mi noviecito y la entrometida esa. Con cuidado que no me viera, lo vi llegar y encontrársela. No pude cerciorarme de los rumores de todos porque la anatomía de mi amado se interponía entre mi vista y ella. Así que espere a que terminaran su negocio, ya en la noche. Miré a mi preciosito salir con ella y esperé a que se despidieran. Caminaron una cuadra juntos y en la esquina se separaron, gracias a Dios. Prendí el carro y me fui atrás de ella despacio. Era una calle transitada, así que no fue necesario guardar tanta distancia. La seguí hasta que llegó a una cuadra antes de la parada de autobuses. En eso entré en acción. El todo por el todo. Me bajé del carro y a toda prisa fui tras ella. Un golpe sordo y derecho a la nuca y cayó al piso. Me costó todo el trabajo del mundo arrastrarla. Creo que no pensé bien la cosa, pues no tenía como subirla a la cajuela. Metí primero las piernas a los asientos de atrás, luego empujé del torso con todo lo que tenia. Una vez que entraron las caderas, el resto fue relativamente ligero. Mi corazón daba embobinado y yo volteaba a todos lados para verificar que nadie estaba en primera fila de mi crimen. 
Temblaba manejando. Cualquier luz del camino me hacía saltar. Imaginaba que todo el que pasaba a mi lado sabía el horror que encontraría al solo asomarse a mis ventanas de atrás. Un semáforo en rojo que duraba horas en cambiar. Luego apreté el acelerador hasta abajo para alcanzar el siguiente.  Pero la ciudad no deja de estar mal planeada en medida suficiente para que cada uno me tocara en rojo. O quizá era el universo atacándome por mis faltas. No me importaba, todo esto era por un bien mayor.

Al llegar a mi casa, volví a dar el mismo tour de problemas al bajarla y arrastrarla hasta mi sala. Era el momento de la verdad. Fui a lavarme las manos y recoger el martillo y la escoba. Cuando llegué y vi el bulto de la mujer en el suelo boca abajo, me di cuenta que no conocía siquiera el rostro de mi futura víctima. No sabía la supuesta hermosura de la que todos hablaban. Pero quizá si no la veía, no tomaría amas forma de persona, se quedaría en mi memoria como un problema más que resolví para que mi novio y yo viviéramos sin contratiempos. 
De tanto pensarlo, no me di cuenta de que el tiempo se me estaba pasando, y que quizá ya se podía recuperar del golpe. Comenzó a moverse, yo me azoté. Un gemidito como de quien despierta con dificultad. Entonces me lancé sobre el martillo. Busqué de reojo su nuca y aventé el trancazo a donde pudo caer. Hubo un silencio como el que nunca había escuchado. Así se oye cuando algo estaba vivo y ya no. Un bajo progresivo que te atiborra la cabeza y te hace intentar salir a respirar.

Tiré el arma al piso y la volví a contemplar durante un rato inmedible. Lo decidí. No supe si por morbo, si por duda, si por culpa o mera curiosidad. Volteé su cuerpo boca arriba. Ahí fue cuando mis planes se toparon con un bache. Se me cerró la garganta me dio una fiebre instantánea. La mujer que mi novio veía seguido, y que supuesta mente lo ponía de buen humor. La que hacía que mi vida se estuviera destruyendo de dudas. La que ahora no se movía para nada sobre el piso. Esa mujer...era yo.


martes, 21 de enero de 2014

El atardecer de Miguel


El siempre miraba el atardecer. 
Verán, Miguel era una persona a veces muy distante. No sé que me enamoró de el al principio. Supongo que era el misterio. Esa cara que ponía cuando meditaba o pensaba, a veces por horas. Su mente funcionaba de una manera que para mí era errática. Podía llegar saludando alegre, pero a los pocos minutos, si se quedaba solo, se me perdía en algún rinconcillo sin luces en esa brillante cabeza suya.
No fue hasta mucho después que me di cuenta que en lo que más solía perderse, era en el horizonte. Me constaba que se creía un extranjero. Siempre decía que este no era su lugar. Que este pueblito no le iba  a llenar. Pero nunca se iba. Sus deseos se quedaban en añoranzas nada más. Sé que debí haberlo apoyado mas, alentarlo a que se realizara. Pero me daba miedo. La incertidumbre de perderlo no me dejaba moverme, pararlo y hacerlo caminar. Así que comencé a acostumbrarnos a salir a dar caminatas en la tarde. Para que se distrajera haciendo algo dinámico y además yo pudiera hablarle y hablarle.
El problema era en otoño. En esos meses comienza a anochecer mas temprano, sin que uno lo tenga en cuenta. Y entonces se veía el mugroso atardecer con su mugroso sol anaranjado. 
En Santa Cecilia, al ser una costa, gozamos de un espectáculo diario cuando el sol se cansa y se reclina sobre su cama en el mar. Es hermoso, por eso no puede pasar desapercibido. Así que cuando caminábamos por el malecón, Miguel arrojaba su atención a el y se entristecía. Su cara se volvía recta y se clavaba una vez mas en el horizonte. 
Mis soluciones solo agravaban el problema. 
Al paso de los años, este tipo de situaciones desgastan, sobre todo cuando lo único que tu querías era hacer feliz a alguien. Pero yo no lo podía hacer feliz. 
Notaba poco a poco como desaprecian sus emociones. Ya no se reía ni cuando le hacia cosquillas. Ya no gritaba en las películas. Ya no se inmutaba ni siquiera cuando nos emborrachábamos. El único sentimiento que podía verse ya en el era cuando miraba el atardecer, esa añoranza a algo inexistente. 

Yo creo que por eso ahora me gustan las mujeres. Por que los hombres siempre estamos queriendo algo mas allá. 

Miguel se levanto una mañana. Se puso la corbata que le regale en su cumpleaños. Se paro y fue a caminar a la playa. Yo lo seguí, no se si se dio cuenta. Pero se quedo ahí todo el día, hasta que vio al sol ocultándose muchas horas después. Entonces camino hacia el.
No se por que no lo detuve. Solo lo mira mojándose los zapatos caros, caminando decidió. Al final llego al horizonte, y como era esperado, empezó a quemarse. Su piel achicharro y su ropa se prendió en llamas. De aquel hombre no quedo mas que el polvo, que regado siguió dirigiéndose hacia el sol. 

viernes, 17 de enero de 2014

Comerme a Ella

A ella me la voy a comer.
Voy a tomar sus risitas con sal y limón.
Sazonando sus ocurrencias  a la mantequilla para que resbalen por la garganta.
Sus lágrimas con papa y cebolla, así se les quita lo amargo.
Y esa carita cuando me ve nomás le quito la cáscara y así, al natural.
Las palabras que inventa, ya las metí al recetario, aunque no me queden igual.
Las canciones que cantemos  sazonan en la olla
Y untaré paté en mis pensamientos prohibidos
A ella la quiero en un buffet
Con sopa de dudas
Crotón de enojos
Ensalada de recuerdos
Y debajo de una lámpara mirándonos coquetos
La disfrutaré despacito, arrancando pedazos sin hueso
Bebiendo sus palabras de vez en cuando y no ahogarme
Pimientándole besos por el plato de su cuerpo.
A ella me la quiero comer, todita toda, la veo y me chupo los dedos
Me quiero llenar la panza de sus llamadas por teléfono

A ella me la quiero comer hoy, mañana, de cerca y de lejos.

miércoles, 1 de enero de 2014

La cuenta del agua


Tener auto recien comprado y ser el hombre de la casa no son buena combinacion a fin de mes. Cuando tu madre y tu abuela te ven lo mejor parqueado en el sofa, sin zapatos y con un platote de frijoles recalentados, y nomas se oye retumbar en el eco de la sala: "Martiiiin,veeeen". Ese tonito en el que ya se que me van a mandar a hacer algo. me dieron unos billetes y me mandaron apagar el agua.
Se supone que el agua se paga en una maquinita en la comision, pero recien pusieron una maquina como cajero para aca para la zona sur, casi llegando al ejido Marquez. Y pues ahi voy, muy de mala gana. A prender el carro, batallar con el arrancador y subirma a la carretera Constitucional. En ese ratito pensando nomas que no habia traido tanto dinero en la bolsa desde hace un mes que me quede sin trabajo. Que no le puedo arreglar ni el ruidito que trae mi raite. Pero ahora si, lo que traigo es para hacer los mandados de la casa.
Llegue a la mentada dispensadora de cuentas. me estacionee a la vuelta de la cuadra y me dirigi a pagar. Ahi, paso algo que no pueede dejarte con la cara para abajo. Un senor uniformado en la puerta me recibio con un profundo buenos dias. Con una voz de trueno, que si no hubiera sido tan amable, daria miedo. Como locutor. "Quiere que le asista en algo?".
Yo, sorprendido le negue, y ya en un buen tono le dije que podia solo. Hice la operacion y me despedi del ateniente.
Es raro ver gente asi hoy en dia, que se disponen de buena gana a hacer su trabajo. Verle me encamino a pensar positivo en mi propia situacion por el resto del dia.
Subi a mi carro, arregle el retrovisor y vi algo que me saco mas de onda todavia. Era ese hombre. Volteo a todos lados y se quito la chaqueta del uniforme. Luego abrio la puerta del auto de enfrente, se subio, arranco y se perdio en la carretera sin saber que yo lo veia.
Como se iba de su trabajo de una manera tan sospechosa?
Ademas, a las personas que seguian de mi, ni siquiera las recibio. Como si el lugar no tuviera nada que ver con el.
Ya no pude enderezar mis ideas el resto del dia con este hecho.
O sea...no trabajaba ahi?
Y si no lo hacia...entonces que andaba haciendo recibiendome?