Què destino tan terrible
No hay retornos
Ni vueltas atraàs
El camino en el techo te hizo llegar
Ni pensaste entre sùbito ciego galopar
Que ibas a caer al lar de oscuridad
Del cielo al revès
Del mundo donde todos niegan que el infierno va a llegar
Que los dioses escupen sin querer a la tierra del necio andar
No querìas venir aquì pero ahora deberàs revolver in vomitar
Avanzar mirando atràs
Nadar sin electrocutar
Y verte en un espejo que no enseña tu imagen
Has llegado sa sufrir todo lo que no te corrpondìa
no es asì?
viernes, 27 de febrero de 2015
miércoles, 4 de febrero de 2015
La ventana de la cocina
Tadeo llegó a pasos largos a casa de su abuela. Ella solo
visitaba una vez al mes y se quedaba pocos días, así que quería aprovechar el
mayor tiempo para verla. Pero últimamente parecía ser lo menos viable. Llegaba
de trabajar y ella ya se había ido con su tía. Iban a ordenar documentos o
papeles. La vida estaba a punto de cambiar mucho y se notaba en el aire.
Ya no eran los años de adolescencia en que no tenía preocupación y su familia estaba intacta y entera. Ella estaba preparando para
irse. Por eso iba poco y siempre estaba ocupada. Y él tampoco era el mocoso
desocupado. Los 27 se sentían en el cuerpo y en el alma. Las cosas que le
preocupaban ya eran cosas tan poco trascendentes. Las cuentas, los sueldos y la
gente que e ganaría en su empleo.
Cuando llegó, era de esperarse que su abuela ya había
partido. Y para colmo, él había olvidado su llave. Ni modo, tendría que usar la
entrada alternativa. Jamás le había contado a nadie que la ventana de la cocina
se podía abrir con cierta maña. Había sido su salvación incontables veces en su
previa juventud. Para no quedarse en la calle si se iba de juerga en la noche.
Se había prometido que no iba a volver a hacer eso. Ya
estaba medio atrofiado por su s propias haciendas locas del pasado. Las
ventanas cada vez estaban más altas y más estrechas para él.
Pero no le importó. Esta sería la última. Su despedida de
fechorías y de la vida de antes. De cuando su familia estaba unida y cuando él
podía portarse como rufián.
Levantó y abrió la ventana. Calculó subir de una patada.
Llegó al marco. Estaba satisfecho. Su aproximación a la juventud madura no le
evitaría nada. Acomodó sus piernas para pasar por encima del trastero y dio un
enorme salto a la mitad de la cocina. Se incorporó orgulloso de sortear y
burlarse del tiempo. Que a pesar del devenir, él podía seguir llegando a sus
objetivos.
Al disponerse a ir a buscar algo de ropa para cambiarse, se
percató de un sentimiento de humedad en su pantalón. Su ingle estaba llena de
sangre. Volteó atrás y miró un cuchillo saliendo del trastero manchado de rojo.
Lo retaba. Un estatuto de que no podía ignorar el hecho de que ya no saltaba
tan alto.
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