A esa parte de mi infancia la recuerdo como "los días en que mi infancia se acabó".
Juro que yo recordab que mi hermana no vivía con nosotros, ella tuvo una infancia muy diferente. Pero esos días tenía su cuarto en mi casa. El cuarto donde siempre visitaban al menos dos hombres.
Mi hermano menor, seguido que yo, se parecía mucho a mi. Los niños rositas con lentes que no sabían hacer trabajo manual. Solo que el protagonismo caía sobre mi. Aunque solo fuese un año mayor, yo siempre tenía la culpa de las cosas. Rompíamos algo, mi culpa. Todos le tenía. Consideración por el asma y por ser el chico.
Pero la más grande nebulosa giraba en mi hermano mayor, Jesús. Era el grande, el jefe, el orgullo. Pero siempre me perdía en dudas sobre qué estaba haciendo.
A veces se iba y no volvía hasta la noche. Pero pues él traía el carro. Él hacía todos los mandados.
Mi papá todavía estaba con mi mamá en ese entonces.
Nos encargábamos de un complejo vacacional en las afuerillAs. Los empleados se iban al anochecer, y solo la familia se quedaba para atender cualquier circunstancia.
Pero últimamente, Rebeca no se iba del recibidor. Todos sabíamos que tenía algo con mi hermano. Yo a veces los escuchaba en lo suyo en la bodega. Pero nunca me gustó cómo la trataba. Tan frío, como si fuera un animal que solo andaba por ahí. Y ella cambió mucho a las pocas semanas. Nada que ver con la joven que llegó. Ahora ojerosa y cabizbaja.
Un día en especial. Aquel en que todo empezó a acabarse, la situación dio para que me quedara solo con Jesús.
Mis papás llevaron a mi hermano al doctor, mi hermana salió con unos weyes. Y yo con Jesús cuidando el hotel. Nunca había contemplado su presencia a solas. Te trataba como si estuviera constante ente evaluándote. Te miraba, se volteaba, te miraba otra vez.
Me puso esa tarde a mover un montón de cosas de la bodega a la caja del pick up.
-Jesús, ya me cansé! No podemos esperar a mañana a que lleguen los señores?
Él se sonrió irónico
-mira, chuiquillo. Tu crees que alguna vez, a Cristo lo superaron los apóstoles?
Yo guardé silencio.
-Asíes, pues de esa manera, me dieron el nombre del Altísimo por una razón. Hay cosas que tú no entiendes ahorita. Ve por ese balde, que no se te ladee y ponla aquí.
Refunfuñeé un poco. Pero tuve que hacerle caso. El balde estaba inusualmente pesado. Se escuchaba un líquido adentro, pero no se meneaba como agua. Tropecé. Y aquello. Cayó y rodó.
Sentí como mi cara se alargaba hasta abrcar todo lo que pude estar pensando.
Dentro de la cubeta. Una larga cabellera, pegada a una cabeza de mujer. Azul y chupadísima como un monstruoso saco de cuero mohoso.
Jesús tenía algo qué explicar.