La gente se acumula emocionada enfrente de la enorme mesa de
mantel blanco. El pavo y el jamón humeando hacia arriba. Chocolate caliente
llenando las gargantas rasposas. Y los niños mirando con una desesperación
incontenible las cajas acumuladas abajo del árbol.
Pero yo, entre más lo pienso, solo quiero que estos días pasen más rápido. Si no viviera e esta parte del mundo, no me hubiera pasado esto. En otros lugares te visita Santa Clos, un viejito bonachón. O los Reyes Magos, tres viejitos bonachones.
Pero yo recuerdo cada año por estas fechas lo que no me deja
pegar los ojos sin temblar en 24 de diciembre. Desobedecí al no deber espiar
supuestamente. Pero imagínate una criatura así…
Siempre me dijeron que era El Niño Dios. Pero imagínate ver
a un bebé, un ser de unos 40 centímetros, pero caminando erguido en dos pies,
como si fuera un adulto crecido, como si nada por tu casa, en la soledad de la
media noche helada. Y que se te quede viendo a los ojos para después salir
corriendo.