Edgar caminaba por debajo de las luces que no alumbran nada
del fraccionamiento. Metió su mano a la bolsa y sacó uno de los tres cigarros
azules que le quedaban. Nunca se le había hecho un vicio esa “costumbre asquerosa”
como la llamaba, pero últimamente esas cosas ya le valían madre.
Miró la calle oscura y su final indivisible, lo suficientemente
desconocido para provocarle la emoción que necesitaba.
“oye, traes cincuenta pesos que me prestes?” escuchó detrás
suyo a unos metros de distancia. Obviamente había un mensaje connotativo en esa
llamada.
“Híjole, la verdad vengo sin cartera mi buen” contestó
despreocupado, pero conteniendo una vibración por dentro. Quería reírse, pero
no se lo permitió frente al rufián.
“No importa, men, con el celular me harías un favor.”
Respondió extendiendo la mano. Aquel era un tipo de unos veintitantos, con un
par de cicatrices en el brazo y vestía una camiseta de tirantes y pantalones
muy holgados.
“La verdad no tengo ganas de perder otro celular, te lo voy
a deber”
“no te hagas el payaso, no quiero perjudicarte, así que saca lo que traigas y coopera.”
“no te hagas el payaso, no quiero perjudicarte, así que saca lo que traigas y coopera.”
“fíjate, men, que estamos en las mismas. Yo tampoco quisiera
que nada alo te pasara” Edgar se llevó la mano a la bolsa de la sudadera y urgó
un poco.
“Ya bájale puto! Saca lo que trais! Ni creas que me voy a creer que tienes con qué defenderte”
“Ya bájale puto! Saca lo que trais! Ni creas que me voy a creer que tienes con qué defenderte”
Edgar sacó su mano, apuntándolo con el índice y con el
pulgar extendido, como los niños que juegan a los vaqueros. “Mira, no sé lo que
vaya a pasar, pero nomás quiero que estés advertido”
El bandido soltó una carcajada mientras empuñaba una navaja lista para el asalto. “Ya, pinche puto. Dame lo que traes y no te voy a hacer nada. DE todos modos te lo voy a terminar quitando”
El bandido soltó una carcajada mientras empuñaba una navaja lista para el asalto. “Ya, pinche puto. Dame lo que traes y no te voy a hacer nada. DE todos modos te lo voy a terminar quitando”
Edgar sólo lo observó y una sonrisa se le salió. Unos
segundos de silencio en una cuadra a l redonda se estacionaron, hasta que el
ladrón arremetió con intenciones de que la hoja metálica alcanzara a Edgar.
Éste último hizo una pantomima de disparo. Un tronido enorme hizo ue todos los
perros se pusieran a ladrar. El ladrón cayó al piso.
Edgar corrió de la escena, emocionado una vez más desde hace mucho tiempo. Disfrutó los latidos de su corazón y la duda reciente, el no poder explicar o predecir.
Edgar corrió de la escena, emocionado una vez más desde hace mucho tiempo. Disfrutó los latidos de su corazón y la duda reciente, el no poder explicar o predecir.
Resulta que en el edificio apartamental más cercano, una
estufa se había bloqueado. Causando una contención de gas que posteriormente,
al estar el señor López luchando con el encendedor y las perillas unos minutos,
provocó una ruidosa explosión que no causó daño alguno más que un susto, y una
sartén que desde el quinto piso viajó por la ventana y aterrizó sin cuidado en
la cabeza del ladrón. Alberto Íñiguez, alias “El Poison” terminó su asquerosa
vida esa noche.
Resulta que Edgar había ido a propósito al barrio en que
últimamente, la mala ponzoña de la ciudad se había vuelto efervescente. Ir sin
armas, sin conocer a nadie y sin garantías repreentaba el mayor riesgo para
cualquier persona. Cualquiera que no fuera él. Estaba retorciéndose por una
experiencia que representara realmente algún tipo de aleatoriedad, algo
impredecible. Ya no digamos peligroso, simplemente algo en lo que no supiera
cómo iba a salir de ahí.
Su racha de acontecimientos increíbles comenzó hace unos
años, cuando un camión de transporte donde él viajaba, salió del camino y rodó
por el cerro. Dos familias, una pareja, un equipo de negocios que sumaban entre
todos trece vidas fallecieron. Pero él era el único al que los paramédicos no
le habían encontrado nada. Salió caminando en un par de horas del hospital.
Este hecho fue una marca en su camino, pero más bien sirvió
para dividir cuán comenzaron a ocurrirle cosas increíbles. Ese año, ganó dos
sorteos de celulares que hacían en la oficina. Cuando vió que estaba en una
buena racha, decidió entrar a la rifa de un carro del año. Mismo que ganó y vendió
para pagar sus deudas. La cosa se tornó escalofriante cuando el boleto que le
compró a su sobrino para beneficio de la universidad, salió premiado con una
casa amueblada.
De ahí sus sospechas explotaron. No volvía a perder en
póquer, en apuestas al futbol, en nada. No había enfermado ni un poco. Cada vez
que llovía le tocaba ver arcoíris dobles, y había visto más pechos de los que se
acordaba en las borracheras.
Sencillamente había comenzado a tener buena suerte siempre.
Cada vez que se despertaba, no tenía duda de que todo le iba a acomodar ese
día. Pero la idea se vuelve un tanto molesta. Cuando estás seguro de que tienes
toda la suerte, no tienes que trabajar por nada, no tienes duda de nada, todo
pasa y se te da como si solo vieras tu propia vida como si fuera una película
en el cine, con los mejores asientos y palomitas gratis.
A los años, ya era insoportable. Había vendido todos sus
vienes, dejado de pagar impuestos, se había desaparecido de todo lo que era una
vida normal. Ya había visitado la mitad de los lugares que quería en el mundo y
dormido con sus crushes de la escuela. Pero la vida no le decía que no a nada.
Tenía todo lo que todos querían, y sentía que ya todo había
perdido chiste. LA comida no le sabía de haber probado ya todo. El sexo no
significaba nada. El dinero le era de juguete.
Un día adquirió una pistola. Se encerró en su cuarto, y
cuando se llevó el cañón a la cien, la cosa se desmoronó a pedazos y no la puso
volver a ensamblar.
En otra ocasión, saltó a la carretera, pero un camión bloqueó todos los vehículos de que lo tocaran cuando se descarriló. 17 heridos de gravedad. Y Edgar con suerte se llevó un curita en un brazo.
En otra ocasión, saltó a la carretera, pero un camión bloqueó todos los vehículos de que lo tocaran cuando se descarriló. 17 heridos de gravedad. Y Edgar con suerte se llevó un curita en un brazo.
Así que su existencia se había limitado a probar su suerte
hasta los límites de lo que se le ocurriera. Esa noche había logrado algo real.
No sabía cuánto le duraría eso de ponerse a prueba frente a calamidades
sencillas. Quizá después se amarraría a un bloque y se aventaría al mulle.
Después tomaría una botella de pinol. No sabía. Pero por esa noche, su corazón
latía fuerte. Llegó a su casa y vio el recorte de periódico de aquel accidente
de los 13 muertos.
“no sé quién es más afortunado…yo o ustedes que sí se fueron”.
“no sé quién es más afortunado…yo o ustedes que sí se fueron”.