Siempre cargo la computadora en el carro. Es una terrible
costumbre. Me alenta. Siempre tengo que estar pensando en dónde la voy aponer, en bajarla en cargarla. Si la dejo
ahí, quien sabe qué pueda pasar. Es un peligro lo sé, pero por lo mismo no puede
ser descuidada.
Dentro de ella están todos mis escritos y trabajos. Es como
una extensión de mi mente. Todas mis pesadillas, malos sueños y aversiones. No
hay umbral de pérdida qué permitir. No se debe dejar eso al exterior. A la
vista y al alcance de todos.
Un día, llegué a mi trabajo. Había un hombre nuevo limpiando
los carros. Yo solo iba de pasada a recoger algo, así que no bajé la mochila.
El hombre me pidió unos pesos a cambio de lavarme el carro, pero como yo iba
nomás de tiro por viaje, sabía que no iba a alcanzar él a hacer mucho trabajo.
Aquel hombre no había oído nada de mi. Era ajeno. Y lo
chistoso es que era amante también de lo ajeno. Se acercó a mi auto con malas
intenciones. Con una espátula por la ventana forzó la puerta. Creyó haberse
sacado la lotería, pues bicó la mochila de lo que sería mi posesión más
valiosa.
No se imaginaba lo que contenía.
Tomó la mochila, la abrió y se dispuso a tomar el
dispositivo que no era suyo.
De pronto, la pantalla se abrió sola y se encendió.
En ella, las pesadillas salieron. Las inseguridades, malos
sueños y aversiones se presentaron ante aquel hombre. Eso no era nada que
pudiese existir más allá para él. Nunca le educaron a no meterse a mentes
ajenas sin permiso. Pero los abrumadores pensamientos descontextualizados de
una mente atormentada pueden ser perjudiciales.
El hombre fue siendo agarrado por todo lo que ahí contenía.
Se fue metiendo, siendo devorado por el artefacto que se abría y cerraba como
si una boca masticara. Pronto, del señor ajeno no quedó nada.
Cuando regresé al auto, me encontré con mi compu en el
asiento. Abierta, encendida.
“otra vez”, pensé.
Antes de continuar con mi día, le eché un ojo a lo recién
escrito en la pantalla. Aparentemente era la ida de un amante de lo ajeno que
pretendía ser lavacarros.
Pensé en qué podría hacer con ello mientras cerraba l puerta
y me disponía a vivir el resto del día.
No debo dejarla tirada por ahí. Si lo hago, quién sabe qué
pueda pasar…a la gente que simplemente se asoma por curiosidad.
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