viernes, 30 de agosto de 2013

Carne Quemada


Venía echando madres ese día en el carro bien cargado. Traía todas mis cosas en la cajuela y algunas de mis hermanos en el asiento de atrás. Soy el mayor y me tocó manejar el otro carro.
La razón por la que venía tan enojado es por que me cayó bien gordo el asunto de cambiarnos de casa. En la otra vivíamos en el mero centro de la ciudad, era bien cómodo poderme salir a pie y llegar a donde todo ocurría. Además de que les quedaba de pasada a todos los conocidos y podían llegar a visitarme, a cotorrear, a esos momentos de la adolescencia en los que el no hacer nada era hacerlo todo. Y ahora...nos cambiábamos. A un vecindario lejos de todo, y con vecinos extraños. Sobre todo ese de la contraesquina. Cuando pasé todo el día por enfrente de su casa olía a carne quemada. Y así huele mi nuevo vecindario. Supongo que ese es el olor del cambio...del que no se quiere, el extraño olor de las extrañas costumbres de extraños.
Pasaron unos días. Terminamos de arreglar todo. Los muebles útiles en su lugar. La limpieza de lo inhabitable al hogar. Incluso los detalles que hacen que los recuerdos de una casa parezcan legítimos. La hicimos nuestra nueva casa. Aparentemente lista para que una familia continuara su vida. Pero lo que hacía la experiencia forastera, era el solo poner un pie afuera de la casa. El viejito de la casa de enfrente siempre me veía cuando salía. Fijo y sin perderme. Yo nomas me ponía la capucha de la sudadera o me volteaba a otro lado. Además cruzando la esquina podía presenciar el mega cotorreo que tenían siempre los ve la calle de enfrente. Volumen alto y casi siempre gente riéndose en un pickup.
Una noche que salimos a la tienda mis hermanos y yo por las papitas y la maruchan de rigor, pasamos frente a esa casa. Me di una enojada...los pendejos andaban de voladitos gritándonos de cosas. Que antis y que si eramos roqueros y burlándose de nosotros por alguna estupidez. Los vatos se ponen muy irracionales cuando hay una mujer enfrente y traen alcohol en la mano.
Compramos nuestras cosas, y regresamos, solo para recibir más burlas de los neandertales esos. Me agarré mi propio puño por las ganas de irle a partir en su madre al que al parecer vivía ahí. Pensé e lo larga que sería nuestra adaptación al vecindario...y para acabarla me tragué la mirada del viejo de la esquina. Pero eso sí, lo fulminé con mi cara de odio. El pobre no tenía la culpa de lo que abía pasado, pero ni modo, le tocó mi mala vibra. Nomás vi cómo se inmuto cuando lo volteé a ver. Después de eso nos metimos todos a las casa, serios y sin hablar.
A los dos días fue que puse mi parte para completar el error magnánimo. Me fui solo a la tienda. Aguanté los chiflidos del pendejo ese de ida. Pero de regreso fue cuando ya exploté. "Dónde dejaste la guitarra, mijo?" y yo nomás volteé "En tu chingada madre, pinchi fresita".
A lo que el acto seguido no se hizo esperar para nada. El tipo se bajó estrepitoso del pick up y fue a mi encuentro. Yo seguí caminando como si nada, nomás para molestarlo. "Hey. Hey, bocón hijo de la chingada qué dijiste?" y yo "En tu chingada madre, no me oíste?".
Y pues esos tipos no se andan con jueguillos, nomás me agarró de la camisa y me aventó hasta el poste de la esquina. "Óyeme pinche esquincle, si vas a vivir en mi barrio, más te vale atenerte a tratar bien a tus vecinos, te quedó?". Y yo nomas miraba para abajo. Me preguntó como tres veces si me quedó, pero no le contesté. El pendejo ese se hartó de preguntarme y se regresó a su casa cuando vio que teníamos un testigo. El viejo de la esquina nos miraba sorprendido. Yo mejor me paré y le eché una miradilla al viejo, con mis ojos llenos de pena y lágrimas.
Buena pinche decisión de cambiarnos de casa. Bienvenida a mi nueva vida.
Pasaron un par de días sin que quisiera salir de la casa más de lo necesario. Pero mis hermanos comenzaron a ponerse ansiosos. Querían sus papitas y su maruchan, y no soy nadie para negarles el gusto. Pero temía que si el pendejo ese los veía, se desquitara con ellos. Ya ni modo, hay que aguantarse lo que se echa encima uno, sin llorar.
Así que salimos...y noté algo bien raro en el ambiente. El olor a carne quemada era más fuerte que de costumbre. Pero así, se metía por la nariz hasta la garganta. Sería el barrio confirmando su presencia sobre mí.
Avanzamos y pasamos por enfrente de la casa. Ni un ruido. Calmado y sereno. Me extrañé, pero tuve suerte de que no estuviera nadie en casa. Compramos y nos dispusimos al regreso a toda velocidad. Aún nada en la casa de nuestros enemigables vecinos. mis hermanos se adelantaron pero yo me alenté mirando hacia atrás. El olor se hacía más denso conforme nos acercábamos a la casa del viejo. En eso, el susodicho iba saliendo a su pórtico. Cuando me vio, se le puso una sonrisa y me saludó con la mano.
-Vecino, buenas tardes.
- Buenas tardes señor.
- Es una lástima cómo lo han tratado los últimos días, me disculpo por eso. Pero no se preocupe, ya nadie lo va a tratar mal.
- Cómo?
- Si, usted descanse. Ya  no se preocupe por caminar por nuestras calles.
El hombre sostenía una sonrisa placentera que me causaba una incomodidad inexplicable. Se acercó, me puso la mano en el hombro y me dijo mientras me causaba el mayor escalofrío que jamás había sentido.
- Ya sabe, hay qué tratar bien a los vecinos, o no?
El viejillo me desconcertó bastante. Pero en efecto, no volvimos a tener problemas en el barrio. Como si de él hubiese dependido cantar tal presagio, en aquella tarde cuando de su chimenea salía un humo denso y negro y el olor a carne quemada se hacía más presente que en los hornos de lo que imagino sería el infierno.

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