Que salió desde lo más profundo en la cadera y subió por mi
espalda.
Entre requintos y
acordes.
Oyendo romeros de historias.
Poetizando entre un
disco oculto, en que cada compás lo hacía moverse un puñado.
Rodeó mi columna, se
fijó en mi frente, en mi nuca y sacó un cañón por la boca.
Explosiones
multiversales en una noche clara, que la empolva de colores ciegos.
Hace una expresión de absolutos interminados.
Caras horribles y
hermosos acentos.
Pasando un vicio y las mañanas que duelen.
Una noche viendo nada, solo dando vueltas.
Otra menos ya
desigual.
Otras dos en pericia, y otra en justicias de amor ilegal.
De esos quereres que
no planeamos instantáneos.
Redobles de pasos.
Máquina de peso. Que dice mentiras y encierra sin dejar escapar.
Qué nervios hacen que te muerdas las uñas en un colchón
inestable, haciendo ruidos en cada pensar.
En cada esquina un espejo que no apunta a ningún lado,
ningún lugar.
Huyente de aquello que guardabas.
Que intentabas escapar y estuvo dentro hasta que pudiste
vomitar. A cambiar una vida más. A contener ciclos entrantes y siglos y siglos
por masticar.
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