Mirando un vidrio sin retinas.
De los que pasa la
crista en reverendas instantáneas.
De donde ya no sabes que ayer está del otro lado, ni que de
más atrás sí importaba.
Mirando un vidrio, que por una grieta se fueron todos tus
libros.
Maduraste solamente, ya lo sé, pero no olvidaste.
Y creciste, yo lo vi,
pero no cambiaste.
Y no es reclamo, ni
hastío, al contrario, te felicito.
Miraste un vidrio sin polarizado.
Y ya te ves tú muy
claro. Sólo queda un problema, te vas desapareciendo.
Para bien, pero te
quedas sin reflejo.
Siquiera de aquel
incidental, sólo te ves como eres ahora, con todos tus aciertos, tus errores
quedaron viejo.
Tus preciados
berrinches, enfadosas desfachateces y tonos disonantes.
Vale cero todo lo equivocado, tanto que ese de la esquina se
esfuerza ahora en sacar el brillo y ensuciar un camino.
Te cansan los caminos de cómodos bríos, te asustan las
cadenas de amplios hoyitos del eslabón.
Te pisan las agujetas en rebeldía.
Y el ciempiés se te viene
bajo.
Te miras ya bien
postrado.
Con lentes sin
aumento, con un saco tejido y con sonrisas encuadradas.
Te miras en un vidrio
claro que no refleja nada.
No hay falle alguno.
Sólo que cuando yo lo
recito parece sombrío ¿Seguro que
quieres quedarte con mi enunciado mal habido?
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