martes, 10 de enero de 2017

un hombre con Suerte

Edgar caminaba por debajo de las luces que no alumbran nada del fraccionamiento. Metió su mano a la bolsa y sacó uno de los tres cigarros azules que le quedaban. Nunca se le había hecho un vicio esa “costumbre asquerosa” como la llamaba, pero últimamente esas cosas ya le valían madre.
Miró la calle oscura y su final indivisible, lo suficientemente desconocido para provocarle la emoción que necesitaba.
“oye, traes cincuenta pesos que me prestes?” escuchó detrás suyo a unos metros de distancia. Obviamente había un mensaje connotativo en esa llamada.
“Híjole, la verdad vengo sin cartera mi buen” contestó despreocupado, pero conteniendo una vibración por dentro. Quería reírse, pero no se lo permitió frente al rufián.
“No importa, men, con el celular me harías un favor.” Respondió extendiendo la mano. Aquel era un tipo de unos veintitantos, con un par de cicatrices en el brazo y vestía una camiseta de tirantes y pantalones muy holgados.
“La verdad no tengo ganas de perder otro celular, te lo voy a deber”
“no te hagas el payaso, no quiero perjudicarte, así que saca lo que traigas y coopera.”
“fíjate, men, que estamos en las mismas. Yo tampoco quisiera que nada alo te pasara” Edgar se llevó la mano a la bolsa de la sudadera y urgó un poco.
“Ya bájale puto! Saca lo que trais! Ni creas que me voy a creer que tienes con qué defenderte”
Edgar sacó su mano, apuntándolo con el índice y con el pulgar extendido, como los niños que juegan a los vaqueros. “Mira, no sé lo que vaya a pasar, pero nomás quiero que estés advertido”

El bandido soltó una carcajada mientras empuñaba una navaja lista para el asalto. “Ya, pinche puto. Dame lo que traes y no te voy a hacer nada. DE todos modos te lo voy a terminar quitando”
Edgar sólo lo observó y una sonrisa se le salió. Unos segundos de silencio en una cuadra a l redonda se estacionaron, hasta que el ladrón arremetió con intenciones de que la hoja metálica alcanzara a Edgar. Éste último hizo una pantomima de disparo. Un tronido enorme hizo ue todos los perros se pusieran a ladrar. El ladrón cayó al piso.
Edgar corrió de la escena, emocionado una vez más desde hace mucho tiempo. Disfrutó los latidos de su corazón y la duda reciente, el no poder explicar o predecir.
Resulta que en el edificio apartamental más cercano, una estufa se había bloqueado. Causando una contención de gas que posteriormente, al estar el señor López luchando con el encendedor y las perillas unos minutos, provocó una ruidosa explosión que no causó daño alguno más que un susto, y una sartén que desde el quinto piso viajó por la ventana y aterrizó sin cuidado en la cabeza del ladrón. Alberto Íñiguez, alias “El Poison” terminó su asquerosa vida esa noche.
Resulta que Edgar había ido a propósito al barrio en que últimamente, la mala ponzoña de la ciudad se había vuelto efervescente. Ir sin armas, sin conocer a nadie y sin garantías repreentaba el mayor riesgo para cualquier persona. Cualquiera que no fuera él. Estaba retorciéndose por una experiencia que representara realmente algún tipo de aleatoriedad, algo impredecible. Ya no digamos peligroso, simplemente algo en lo que no supiera cómo iba a salir de ahí.
Su racha de acontecimientos increíbles comenzó hace unos años, cuando un camión de transporte donde él viajaba, salió del camino y rodó por el cerro. Dos familias, una pareja, un equipo de negocios que sumaban entre todos trece vidas fallecieron. Pero él era el único al que los paramédicos no le habían encontrado nada. Salió caminando en un par de horas del hospital.
Este hecho fue una marca en su camino, pero más bien sirvió para dividir cuán comenzaron a ocurrirle cosas increíbles. Ese año, ganó dos sorteos de celulares que hacían en la oficina. Cuando vió que estaba en una buena racha, decidió entrar a la rifa de un carro del año. Mismo que ganó y vendió para pagar sus deudas. La cosa se tornó escalofriante cuando el boleto que le compró a su sobrino para beneficio de la universidad, salió premiado con una casa amueblada.
De ahí sus sospechas explotaron. No volvía a perder en póquer, en apuestas al futbol, en nada. No había enfermado ni un poco. Cada vez que llovía le tocaba ver arcoíris dobles, y había visto más pechos de los que se acordaba en las borracheras.
Sencillamente había comenzado a tener buena suerte siempre. Cada vez que se despertaba, no tenía duda de que todo le iba a acomodar ese día. Pero la idea se vuelve un tanto molesta. Cuando estás seguro de que tienes toda la suerte, no tienes que trabajar por nada, no tienes duda de nada, todo pasa y se te da como si solo vieras tu propia vida como si fuera una película en el cine, con los mejores asientos y palomitas gratis.
A los años, ya era insoportable. Había vendido todos sus vienes, dejado de pagar impuestos, se había desaparecido de todo lo que era una vida normal. Ya había visitado la mitad de los lugares que quería en el mundo y dormido con sus crushes de la escuela. Pero la vida no le decía que no a nada.
Tenía todo lo que todos querían, y sentía que ya todo había perdido chiste. LA comida no le sabía de haber probado ya todo. El sexo no significaba nada. El dinero le era de juguete.
Un día adquirió una pistola. Se encerró en su cuarto, y cuando se llevó el cañón a la cien, la cosa se desmoronó a pedazos y no la puso volver a ensamblar.
En otra ocasión, saltó a la carretera, pero un camión bloqueó todos los vehículos de que lo tocaran cuando se descarriló. 17 heridos de gravedad. Y Edgar con suerte se llevó un curita en un brazo.
Así que su existencia se había limitado a probar su suerte hasta los límites de lo que se le ocurriera. Esa noche había logrado algo real. No sabía cuánto le duraría eso de ponerse a prueba frente a calamidades sencillas. Quizá después se amarraría a un bloque y se aventaría al mulle. Después tomaría una botella de pinol. No sabía. Pero por esa noche, su corazón latía fuerte. Llegó a su casa y vio el recorte de periódico de aquel accidente de los 13 muertos.
“no sé quién es más afortunado…yo o ustedes que sí se fueron”.


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