martes, 21 de enero de 2014

El atardecer de Miguel


El siempre miraba el atardecer. 
Verán, Miguel era una persona a veces muy distante. No sé que me enamoró de el al principio. Supongo que era el misterio. Esa cara que ponía cuando meditaba o pensaba, a veces por horas. Su mente funcionaba de una manera que para mí era errática. Podía llegar saludando alegre, pero a los pocos minutos, si se quedaba solo, se me perdía en algún rinconcillo sin luces en esa brillante cabeza suya.
No fue hasta mucho después que me di cuenta que en lo que más solía perderse, era en el horizonte. Me constaba que se creía un extranjero. Siempre decía que este no era su lugar. Que este pueblito no le iba  a llenar. Pero nunca se iba. Sus deseos se quedaban en añoranzas nada más. Sé que debí haberlo apoyado mas, alentarlo a que se realizara. Pero me daba miedo. La incertidumbre de perderlo no me dejaba moverme, pararlo y hacerlo caminar. Así que comencé a acostumbrarnos a salir a dar caminatas en la tarde. Para que se distrajera haciendo algo dinámico y además yo pudiera hablarle y hablarle.
El problema era en otoño. En esos meses comienza a anochecer mas temprano, sin que uno lo tenga en cuenta. Y entonces se veía el mugroso atardecer con su mugroso sol anaranjado. 
En Santa Cecilia, al ser una costa, gozamos de un espectáculo diario cuando el sol se cansa y se reclina sobre su cama en el mar. Es hermoso, por eso no puede pasar desapercibido. Así que cuando caminábamos por el malecón, Miguel arrojaba su atención a el y se entristecía. Su cara se volvía recta y se clavaba una vez mas en el horizonte. 
Mis soluciones solo agravaban el problema. 
Al paso de los años, este tipo de situaciones desgastan, sobre todo cuando lo único que tu querías era hacer feliz a alguien. Pero yo no lo podía hacer feliz. 
Notaba poco a poco como desaprecian sus emociones. Ya no se reía ni cuando le hacia cosquillas. Ya no gritaba en las películas. Ya no se inmutaba ni siquiera cuando nos emborrachábamos. El único sentimiento que podía verse ya en el era cuando miraba el atardecer, esa añoranza a algo inexistente. 

Yo creo que por eso ahora me gustan las mujeres. Por que los hombres siempre estamos queriendo algo mas allá. 

Miguel se levanto una mañana. Se puso la corbata que le regale en su cumpleaños. Se paro y fue a caminar a la playa. Yo lo seguí, no se si se dio cuenta. Pero se quedo ahí todo el día, hasta que vio al sol ocultándose muchas horas después. Entonces camino hacia el.
No se por que no lo detuve. Solo lo mira mojándose los zapatos caros, caminando decidió. Al final llego al horizonte, y como era esperado, empezó a quemarse. Su piel achicharro y su ropa se prendió en llamas. De aquel hombre no quedo mas que el polvo, que regado siguió dirigiéndose hacia el sol. 

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