miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Tragedias

Me acuerdo que cuando estaba morro, mi abuela me contaba del Tragedias. La primera vez que lo escuché creí que nomás era alguien que llegaba y se tragaba tus medias, pero resultó ser una cosa  mucho peor. Según mi nana, el Tragedias era un ser que vivía en los barrios de mucha mugre, y se tragaba a los que no limpiaban “por dentro y por fuera”. Era un monstruo que no se veía bien en las sombras, nomás se le veía la boca llena de larguísimos colmillos, y tenía muchas patas, largas, delgadas y huesudas que terminaban en aguijones. Decía que sus víctimas acababan todas piqueteadas por todo el cuerpo con los aguijonazos con que inyectaba su veneno letal. Me gustaba contarle esa historia a mis amiguillos de la cuadra, nomás que el amargado de Don Eugenio siempre me callaba y nos corría. “Ándale, morro! Que mi tienda no es para estar contando chingaderas, me espantas a los clientes”.
 Don Eugenio era un hombre aparentemente muy recio, pero en lo de adentro era gentil. Es cierto que su cara original ya casi no se veía, estaba cubierto de callos y cicatrices. Solía vernos cuando estábamos mi amigo y yo sentados en la banqueta a un lado de su tienda, y entraba a sacar algún regaliz o manzanas y nos las regalaba. A Veces sacaba un peso y nos lo daba, porque sabía que estábamos ahorrando para una bicicleta. Luego hacía como que sacaba la escoba y se ponía a barrer aunque no hubiera polvo. Se quedaba platicando con nosotros como una hora. Nomás nos decía groserías y se ponía a contarnos historias de cuando estaba chiquito. Pero de alguna manera se notaba que lo gozaba.
Decía que había pasado por una vida muy accidentada. A veces se le veía en los ojos (el único lugar que se podía ver de su cuerpo original) los recuerdos dolorosos y llenos de arrepentimiento. Decía que había hecho cosas desastrosas, que no quería que ninguno de nosotros terminara haciendo. A lo mejor por eso los del barrio Norte no le hacían nada y lo respetaban. A lo mejor por esas cosas que hizo, le pasó lo que le pasó.
Un día llegó uno del barrio Norte, con otros cuantos. Era moreno y medía un poco menos que los demás, pero se veía muy fuerte. Llegó con una cara que no le quitaba de encima a don Eugenio. Pasó y nos derribó un monte de tazos que estábamos haciendo. Cuando el Don lo vio llegar, se le cayó el color de la cara. Me gritó “Ricky! Ven!” Y fui. “Toma esto y váyanse a la otra cuadra a jugar maquinitas. No quiero que regresen hasta que se las acaben”. Me puso en la mano todas las monedas que había en la caja. No me la creía, sobre todo por que a Don Eugenio le chocaba que fuéramos a la tienda de la otra cuadra. Cuando los demás oyeron se emocionaron tanto que no me dieron chanza de preguntar nada, nomás me jalaron y nos fuimos.
Cuando regresamos ya noche, el lugar parecía otro. Había tanta gente que no se veía el interior. Todo el barrio estaba ahí. Mi abuela nomás me vio y me abrazó, con lágrimas en los ojos. “Qué pasó, nana?” Ella dijo que había llegado el Tragedias. Que Don Eugenio tenía todo hecho un mugrero y para castigarlo, el monstruo lo había picado.
Yo alcancé a ver la espalda del Don llena de hoyos. Le hubiera creído a mi nana, pero Don Eugenio no se murió de ningún veneno.
Hasta ese día entendí lo que significaba estar limpio por dentro y por fuera. El Don tenía hecha su vida un desmadre. Suciedad. Pero me consta que su interior estaba bien limpio. Alguien que es tan bueno no puede tener suciedad por dentro. Y de todos modos se lo llevó la tragedia. Por eso también yo sabía que no lo había matado ningún monstruo, si no el cabrón ese del barrio Norte.
Al día siguiente me vi con mi amigo. Me preguntó que si qué íbamos a hacer. “Chuy, tráete el dinero de la bici. Yo me voy a traer el mío. Vamos a comprar una pelota y guantes. Y de paso, pídele el bat de beisbol a tu hermano.”
Agarramos los tiliches y nos fuimos bien tempranito al barrio Norte a jugar en un patio de la esquina. Al principio, los morros más grandes se sacaron de onda de vernos ahí. Pero no nos acercamos a nadie ni dijimos nada. Estuvimos yendo todos los días, hasta que ya sentimos que se habían acostumbrado a nosotros. El plan era que creyeran que éramos de por ahí. Al cabo de unas semanas, ya podíamos entrar al barrio sin que se nos quedaran viendo. Entonces fue cuando pudimos rastrear al cabrón ese.
Lo seguíamos despacio y a la sorda. En la mañana se salía de su casa y agarraba camino. Se veía con sus compas y no regresaba hasta como las ocho. A veces bien empinado y caminaba dando tumbos. Ese era el momento exacto para entrar en acción. Así que un día nos fijamos que llegara bien tomado. Nos esperamos a que todos se metieran, ya nadie afuera.  Así que agarramos los guantes, chuy la pelota, y yo el bat. El cabrón abrió la puerta de su casa y nosotros lo seguimos hasta adentro. No supo ni qué pasaba cuando Chuy lo empujo para adentro y yo di un fregadazo con todas mis fuerzas. Le quería dar en la cabeza y que quedara igual de cómo quedó Don Eugenio. Le pegué un poco más abajo y cayó al suelo. El Chuy y yo nos acercamos. Parecía muerto, pero había que checar bien, si no, quién sabe si sabría que fuimos nosotros y nos iría a buscar. Parecía todavía muerto.
Antes de jactarnos y celebrar, teníamos que salir de ahí, asi que nos giramos para rejuntar nuestras cosas e irnos. Nos dirigimos a la puerta. Pero silencioso, sin darnos cuenta siquiera que se levantó, el cabrón nos azotó la puerta por atrás. Agarró al chuy y lo aventó a un mueble que hizo un escándalo. Me miró a los ojos y me puso las manos sobre los hombros. Sus ojos nunca se me van a olvidar. No sabía a quién rezarle, no sabía cómo iba a acabar después de la madriza que me iba a poner. Pero antes de que se me quitara el shock, él se quedó paralizado. Abrió la boca de par en par y luego cayó al suelo.
El Chuy se levantó a los minutos y nomás me vio ahí, sin moverme, tieso viendo el cadáver. Me agarró del brazo y agarré la onda para que nos fuéramos corriendo como si trajéramos cuetes.
No contamos nunca lo que pasó esa tarde. Y que sepamos, nadie se explicó lo que pasó. Lo que sí, es que de todos modos ese cabrón tenía su vida sucia, por dentro y por fuera. Nunca le dije a Chuy, pero estoy seguro que fue por eso que le pasó lo que le pasó.

Antes de que se desplomara, miré algo que se movía atrás de él. Una criatura, persona o animal que no se veía bien en las sombras, nomás se le veía la boca llena de larguísimos colmillos, y tenía muchas patas, largas, delgadas y huesudas que terminaban en aguijones.

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